El origen de un símbolo de fe

Por María Carolina Spaciuk

Nació del anhelo de nuestros inmigrantes, incluso antes de conocer estas tierras. Una madrugada de julio de 1900, arribaron atravesando el arroyo Chimiray. El cuadro era imponente: todo el pueblo, encabezado por sus autoridades, salió al encuentro de la caravana. Ésta avanzaba lentamente, subiendo y bajando las irregularidades del terreno como una inmensa serpiente cuya cola se perdía a lo lejos.

Las carretas, grandes y pesadas, tiradas por tropas de bueyes, iban adornadas con ramos verdes y hojas de palma recién cortadas. En ellas viajaban mujeres y niños con trajes bordados de vivos colores que evocaban a Bizancio y a Oriente. El gemido penetrante de los ejes acompañaba la marcha. Otras carretas, cargadas de inmensos baúles pintados, tapices, cajones, utensilios domésticos y carros desarmados, se mezclaban en el conjunto. Alrededor caminaban hombres con trajes exóticos, algunos improvisados jinetes seguían a caballo, acompañando tropillas de ganado compradas en el camino.

En el aire resonaban los cánticos religiosos, el llanto de los niños, el crujido de los carros, el mugido del ganado. Todo aquel conjunto parecía sacado de épocas lejanas, recordaba pasajes bíblicos y las grandes migraciones de los pueblos. El corazón se oprimía al pensar cuán lejos quedaban las tumbas de aquellos inmigrantes, de sus padres y ancestros.

El convoy llegó a la casa de inmigración, donde el administrador de la colonia comenzó de inmediato a registrar los nombres de los recién llegados. Ese día hubiera sido de los más memorables y felices en la historia de la colonia, de no ser por la inesperada desgracia que se descubrió al anochecer: un niño murió víctima del tifus. La epidemia se propagó y los habitantes, sin médicos, enfermeros ni medicamentos, nada podían hacer más que improvisar una enfermería y una casita de aislamiento con cuatro camas. El capellán y el administrador atendían resignados a los enfermos, acompañándolos hasta la muerte.

Al enterarse, el gobernador Lanusse envió al Dr. Ramón Madariaga, quien atendió durante algunos días y luego dejó recursos e instrucciones para combatir la enfermedad.

Mientras tanto, polacos y ucranianos oraban sin cesar, pidiendo a Dios y a la Virgen de Czestochowa que la peste desapareciera. En medio de la angustia, hicieron una promesa común: erigir una cruz de madera en lo alto de la región si el mal cedía. Dicen que la oración comunitaria tiene más fuerza. Y lo cierto es que, desde ese momento, el número de enfermos comenzó a disminuir, hasta que la colonia logró vencer la epidemia.

El milagro, ayudado por la medicina, se había cumplido.

Cumpliendo su promesa, los colonos tallaron una cruz de urunday, de un tronco que en su base tenía 1,20 metros de diámetro. Con hachas le dieron forma y grabaron en polaco la inscripción de su promesa:

“La Cruz Milagrosa de los Primeros Colonos. Como recuerdo y ruego para que nos proteja de las enfermedades y plagas.”

Cargaron con aquella cruz, símbolo de fe y esperanza, protectora de viejos recuerdos y de nuevas tierras. A su lado, más tarde, se levantaría la Capilla de los Milagros, en la cima del pueblo, donde todo se ve: los verdes matices del paisaje, el rojo de la tierra, los amaneceres y atardeceres. En 1906, la cruz fue bendecida y trasladada en procesión hasta la chacra de un hombre que ofreció ese lugar para erigirla. Desde entonces comenzó a llamarse “la cruz milagrosa” o “cruz de los milagros”. Cada vez que surgía un problema, individual o colectivo, la gente acudía a ella a implorar bendición.

Con el tiempo, aquel espacio se rodeó de flores y devoción. En él se respira todavía la fe de quienes cruzaron el océano trayendo consigo sus costumbres y su cultura. Hoy, el lugar se levanta como un jardín sagrado en lo alto de la ciudad, abierto a la intemperie, pero cubierto de plegarias y agradecimientos. Escalinatas conducen a la cima, desde donde se contempla todo el paisaje urbano con la Capilla de fondo. Murales pintados y tallados evocan la historia del pueblo, enlazando pasado y presente. El recorrido hacia allí está enmarcado por plazoletas alusivas a las primeras culturas: transición entre la arquitectura urbana y la cima sagrada donde descansa la cruz.

Los nacidos en estas tierras, herederos de aquella fe, siguen reconociendo su significado y lo conmemoran. Ese espacio, elevado sobre el pueblo, conserva la memoria y la belleza de más de 125 años de historia. En sus calles palpita el corazón de quienes lo fundaron y de quienes lo transitan hoy.

El espíritu del lugar se transmite a todos, y en especial a aquellos que llevan en su sangre algo de los antepasados que, con fe y esperanza, erigieron la Cruz de los Milagros.

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