El origen de un símbolo de fe Por María Carolina Spaciuk Nació del anhelo de nuestros inmigrantes, incluso antes de conocer estas tierras. Una madrugada de julio de 1900, arribaron atravesando el arroyo Chimiray. El cuadro era imponente: todo el pueblo, encabezado por sus autoridades, salió al encuentro de la caravana. Ésta avanzaba lentamente, subiendo y bajando las irregularidades del terreno como una inmensa serpiente cuya cola se perdía a lo lejos. Las carretas, grandes y pesadas, tiradas por tropas de bueyes, iban adornadas con ramos verdes y hojas de palma recién cortadas. En ellas viajaban mujeres y niños con trajes bordados de vivos colores que evocaban a Bizancio y a Oriente. El gemido penetrante de los ejes acompañaba la marcha. Otras carretas, cargadas de inmensos baúles pintados, tapices, cajones, utensilios domésticos y carros desarmados, se mezclaban en el conjunto. Alrededor caminaban hombres con trajes exóticos, algunos improvisados jinetes seguían a caballo...